La angustia vivida y la incertidumbre provocada por la pandemia del coronavirus pueden pasar factura a muchas personas en los próximos meses. En este artículo hablaremos sobre el impacto psicológico de la COVID-19, los colectivos de población más vulnerables a sufrirlo y cómo hacerle frente.

Las consecuencias físicas del coronavirus han sido ampliamente difundidas, pero no está ocurriendo lo mismo con su impacto sobre la salud mental de la población. Ello ha llevado a los profesionales a alertar del posible incremento de entre un 15% y un 20% en el número de afectados por el impacto psicológico de la pandemia de la COVID-19.

Durante el estado de alarma, las personas han estado sometidas a distintos grados de supervivencia y adaptación a los cambios motivados por la COVID-19. Una vez instalados en la nueva normalidad, la mente puede permitirse reducir el nivel de alerta, con lo que se alcanza la etapa de agotamiento. Un hecho que puede provocar que síntomas ansiosos y depresivos afloren con mayor intensidad.

Actualmente, se ven más intensificadas emociones como la incertidumbre, la irritabilidad o reacciones de miedo desadaptativo, es decir, personas que siguen confinadas en sus casas, no quieren relacionarse con nadie ni acudir a citas médicas importantes para su salud, mantienen conductas de limpieza un tanto obsesivas… Además, al saber que esta situación va a seguir presente a medio y largo plazo se genera una mayor angustia ante el futuro de la educación, el empleo o la economía.

La población más vulnerable al impacto psicológico de la COVID-19 es el personal sanitario, familiares de personas fallecidas o infectadas por el virus, pacientes con psicopatologías previas y mujeres expuestas a situaciones de maltrato en el hogar o precariedad laboral. En el caso de los y las profesionales de la sanidad, ahora mismo deben descansar, que afloren todas las emociones de lo vivido, que las expresen y, si lo necesitan, darles todo el apoyo psicológico que necesiten para que puedan recuperarse y llevar a cabo su labor en las mejores condiciones.

Pese a ser conscientes de las dificultades que entraña dejar atrás estos miedos, hay que intentar volver a hacer vida normal. Un primer paso puede ser tratar de salir todos los días a la calle, al principio pocos minutos e ir aumentando el tiempo de forma progresiva. Estas salidas pueden comenzar en lugares menos concurridos para, poco a poco, ir aproximándose a espacios donde haya una mayor afluencia de gente. Un aspecto clave es saber gestionar la respiración mientras se lleva la mascarilla ya que ante reacciones de ansiedad esta se acelera y aumenta la percepción de falta de aire, mareos… Hay que intentar mantenerse el mayor tiempo posible en cada uno de los escenarios descritos.

No obstante, siempre que a una persona le siga costando significativamente enfrentarse a ello o sienta que los síntomas de ansiedad, duelo, depresión, insomnio… no terminan de desaparecer con el paso del tiempo y le limiten en las actividades del día a día, es recomendable acudir a un profesional para que valore la situación.

Naiara Díaz de Cerio psicóloga IMQ Amárica Vitoria

Naiara Díaz de Cerio

Psicóloga en el centro médico IMQ Amárica